Decía un viejo lobo de mar del servicio público —de esos que medían la lealtad en fardos de billetes y los votos en toneladas de acarreados— que la política, antes de ser doctrina, es un frío asunto de sumas y restas. Quien no sabe contar los frijoles que tiene en el plato, fatalmente terminará devorado por los de la mesa de junto.
Viendo el panorama, resulta enteramente lícito sospechar que el presidente estatal del PAN padece una severa discalculia, o que en su defecto, habita una confortable alucinación psicodélica, blindada contra el principio de realidad. Negar que el mapa nacional se ha teñido de un guinda subido en veinte estados más que los suyos, omitiendo por pura salud mental la dolorosa contabilidad de municipios, curules y escaños perdidos, no es un despliegue de optimismo, es el éxtasis místico del que prefiere el suicidio antes que la autocrítica.
Para disimular el vacío de una agenda estéril y acallar el incómodo silencio que delata la vacuidad, el dirigente ha sacado de la chistera una ocurrencia digna de una kermés parroquial: recolectar firmas para retirarle el registro a un partido ajeno. Semejante ocurrencia no solo carece del más elemental fundamento en la normativa electoral —un detalle burocrático que a sus focas aplaudidoras les tiene sin cuidado mientras mantengan las palmas calientes—, sino que exhibe la patética estrategia de tirar piedras a la casa del vecino mientras la propia se cae a pedazos.
En lugar de jugar al verdugo ciudadano, el hombre de las cuentas alegres debería estar sudando la gota gorda para que su partido no descienda del inframundo del 0.26 por ciento del Padrón Electoral Federal. Con apenas 256 mil 030 fieles en todo el país, y ante la inminente aparición de nuevas franquicias que vendrán a rapiñar el mismo cascajo, Querétaro corre el riesgo de dejar de ser el bastión de la resistencia para convertirse en el respirador artificial de un moribundo. A fuerza de discursos desatinados y soberbia de campanario, van a terminar descubriendo, demasiado tarde, que ya no juntan los gramos necesarios para completar el kilo.
Al paso que van, no tardarán en pedir firmas para abolir la ley de la gravedad, convencidos de que el vacío es el mejor lugar para seguir flotando.
“En política, el que se hace el gracioso sin saber contar, termina siendo el payaso que paga la cuenta de un circo donde ya nadie compra boletos”.
El teorema del onanismo porcentual
Siguiendo en la dinámica de las matemáticas puras, de verdad que el tierno espectáculo de mis amigos de la presunta derecha resulta digno de una comedia de costumbres. Suscribo enfáticamente lo de “presunta” porque a estas alturas lo que ostentan no es una ideología, sino un pastiche sincretista burdamente forzado por una neurótica necesidad de prohibir, bellamente disfrazada de una protección que absolutamente nadie les ha pedido.
Se requiere una vocación férrea para el ridículo para organizar una romería callejera con el único fin de exigirle al gobernador del estado que vete una ley que, en el mejor de los casos, afecta o beneficia a un rango de entre 7 mil 100 o 7 mil 300 personas. Estamos hablando del escuálido 0.03 % de la población total, esto asumiendo el milagro de que todas las personas que se consideran transexuales según los datos del Inegi tuvieran la repentina urgencia de cambiar legalmente su identidad. Semejante despliegue no es solo un despropósito logístico, sino una exhibición impúdica de enanismo mental y onanismo ideológico de alta escuela.
“Legislar con el hígado para cerrarle el paso al 0.03 % de la población es la forma más sofisticada que tiene la derecha de masturbarse el ego sin gastar en vaselina”.
Cruzadas de clóset y la bragueta ajena
Por supuesto, ya saldrá algún alma piadosa a revirarme que el motivo primordial de la comitiva no era ese, sino la heroica defensa de la vida y la libertad de culto. ¡Carajo!, ¿en qué país de alucinaciones viven estos cruzados de sacristía? En este bendito suelo lo que sobran son chingos de iglesias, sectas y cultos de todas las denominaciones posibles, operando a plena luz del día sin que absolutamente nadie la haga de pedo. Escuchaba con infinito asombro a una de sus voceras vociferar que existe una “discriminación religiosa” en su contra; un chiste que se cuenta solo, a menos, claro, que consideren discriminación el hecho de que el resto de los mortales no marchemos de rodillas hacia la Basílica de Guadalupe. Jamás he visto a un judío dirigiendo la Torá hacia la entrepierna ajena para juzgar la moral del vecino, ni a los musulmanes exigiendo a gritos que se restrinjan los derechos ajenos para poder dormir tranquilos con su fe.
“Para estos campeones de la fe, la libertad de culto es un derecho sagrado, siempre y cuando el prójimo elija arrodillarse ante el mismo verdugo celestial que ellos veneran”.
El costo contable de la voluntad divina
Y ya que nos pusimos a escarbar en las llagas de la hipocresía colectiva para hablar del aborto, bien valdría la pena preguntarles a estos contadores del pecado, desde su óptica estrictamente punitiva, ¿qué resultados reales, tangibles y medibles ha entregado la santa prohibición?
Al final de las cuentas, legal o ilegal, la interrupción de un embarazo sigue siendo un acto personalísimo y de estricta conciencia que, al mantenerse deliberadamente fuera de la regulación estatal, se vuelve inmedible y se transmuta en un severo problema de salud pública. Un aborto clandestino a base de misoprostol e ibuprofeno mal administrado en la penumbra de un baño puede terminar fácilmente con el cadáver de la madre en la morgue. Pero claro, en el manual de operaciones del perfecto fariseo la muerte de una mujer es un daño colateral perfectamente aceptable, siempre y cuando se cumpla a rajatabla la inflexible voluntad de Dios.
Como bien dice el viejo y cáustico adagio de la realpolitik de sacristía: “El que reza tanto por la pureza de la bragueta ajena, usualmente es porque tiene la propia llena de telarañas y el alma podrida de envidia”.
“En la contabilidad de la reacción, un feto muerto en la clandestinidad es una tragedia que merece cárcel; pero una madre muerta por la misma causa es apenas un trámite burocrático aprobado por la Providencia”.
El salario del miedo (y de la limpieza)
Resulta fascinante la plasticidad neuronal de nuestra clase política, capaz de transmutar la gestión pública en una tarea de escoba y sacudidor sin que se les mueva un solo pelo del injerto capilar. El senador Agustín Dorantes, ese púber barbado que parece haber salido de un catálogo de querubines panistas con obsesión por el autorretrato, decidió que era buena idea comparar la administración municipal con el servicio doméstico.
Alguien debería explicarle a este muchacho que, en el estricto sentido de la jerarquía de castas que tanto parece disfrutar, él también es un peón en la nómina del contribuyente. Si seguimos su lógica de “Señito de las Lomas” y aceptamos que Felifer es la “sirvienta” del municipio, entonces el gobernador Mauricio Kuri —a quien Agustín ya mide con la mirada para heredarle el trono— terminaría siendo algo así como el ama de llaves del estado. Sin embargo, sospecho que su estirpe monárquica de Ezequiel Montes no le permitiría rebajarse a tales menesteres, pues una cosa es cobrar del pueblo y otra muy distinta es confundirse con él.
Hay quienes confunden la vocación de servicio con el derecho de propiedad, y el ayuntamiento con el cuarto de lavado.
“No tiene la culpa el indio, sino el que lo hace senador”.
El negocio redondo de la inmundicia
En el idílico municipio de Corregidora, la política local ha vuelto a demostrar que el camino al desastre financiero está pavimentado con las mejores intenciones electorales. La regidora Mireya Fernández anda de manteles largos, celebrando la revocación de la concesión del relleno sanitario como si hubiera salvado a la patria de una invasión extranjera. El problema de estos heroísmos de cabildo es que suelen salirle carísimos al contribuyente.
Resulta que la mencionada concesión, haiga sido como haiga sido, se entregó con una pulcritud legal digna de un contrato monárquico. Romper el acuerdo sin una causa imputable al concesionario no es un acto de justicia social, sino un suicidio administrativo. Los dueños del basurero ya no tendrán que lidiar con el mal olor, las moscas ni los lixiviados; ahora solo tendrán que sentarse a esperar que un juicio de nulidad administrativa les otorgue una indemnización multimillonaria por daños y perjuicios.
Es el sueño dorado del capitalismo azteca: volverse asquerosamente rico sin mover un solo bote de basura, únicamente moviendo las hojas de un expediente judicial.
El costo político para Mireya será de antología cuando el erario quede tan limpio como los bolsillos de los ciudadanos.
Hay triunfos políticos que se festejan con champán, pero terminan pagándose con el dinero que faltará para el alumbrado público.
“No hay mejor negocio en México que un contrato mal revocado por un político bien intencionado”.
Lenguas viperinas
Cuentan que Graciela Juárez, quien ya levantó la mano para buscar la presidencia municipal de Pedro Escobedo bajo el manto de Acción Nacional, está cobijada por la asesoría de Miguel Nava Alvarado. Este último, catalogado como el pinolillo favorito del ecosistema electoral, no se anda con nimiedades y ya tiene listos a sus tiradores para disputar los 18 municipios del estado. Si en el PAN insisten en jugar al “ciegosordomudo” ante esta invasión consentida, más temprano que tarde terminarán pegando gritos de auxilio que ni el pregonero de San Isidro alcanzará a ahogar.
Hay políticos que por un par de votos le abren la puerta a la sarna, para luego quejarse de la comezón.
“El que con mercenarios se acuesta, amanece sin candidatura y pagando la cuenta del hotel”.
Como siempre, la mejor opinión es la de usted. Y recuerde, no me crea a mí, créale a sus ojos.

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